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EntreVistArtista: Enrique Mochales




Enrique Mochales (1964) Artista Bilbaíno. Fotografía por Diana Terceño.





EntreVistArtista (EVA) © 2009 – 2015  
Entrevista con: Enrique Mochales 
Fotografía: Diana Terceño & Alex Etxebarria 
Entrevista por Rosa MaJiCor 



EntreVistArtista: No le busques tres pies a la silla… ¿Qué verá el espectador en tu más reciente exposición?

Enrique Mochales: Verá tritones, medusas, oscuridades azules, y agujeros negros hacia el infinito del terror, que es un ocho recostado sobre una cama y que forma con su carne y sus vísceras la cinta de Moebius, o el vuelo de la imaginación. El más profundo de mis miedos es el miedo al miedo.





De espaldas al mundo, con la mirada hacia su universo interior. (Rosa MaJiCor)
En el estudio del Artista, Enrique Mochales. Fotografía Alex Etxebarria.





EVA: Miedo al miedo, la angustia ante lo desconocido, el temor a caer en el abismo… ¿qué trayectoria sigue tu mente cuando el espíritu parece quebrantado por el dolor? ¿En qué medida el arte resulta paliativo o el remedio mismo?

EM: Mi trayectoria es la misma que entre dos montañas, una es el dolor, otra la felicidad. Yo intento tomar el camino del valle. Como decía aquel: "No sufro, pero soy feliz". El arte es balsámico y medicinal. No entiendo a los que dicen que no sirve para nada. El arte es, en cierta forma un exorcismo y la escritura, algo así como Ríos de palabras:

Aléjate de tus escritos y podrás verlos. En los textos hay ríos de vacío, entre espacios de palabras Las letras son una selva completamente cubierta de árboles de todas las especies Los animales de ésa selva parecen tildes, o signos de exclamación, o puntos suspensivos cuando se unen a las letras La página está plena de follaje, arbustos que mantienen todo su significado en el orden natural de las cosas. No te pongas las gafas, no es necesario Cuando te transformas en pájaro del Paraíso, cuando te alejas de la selva puedes ver mejor el folio que estás escribiendo, o plantando de flores tropicales. Cuanto más escribas, más pequeños serán los árboles, que se convertirán en borrosas manchas verdes Una innumerable sucesión de afluentes caprichosos se añaden a tu particular. Amazonas de palabras que ya no significan nada, puesto que lentamente se han transformado en selva. Entrecierra los ojos como si la atmósfera fuera mucho más oxigenada, aléjate del texto poco a poco, e intenta abarcar el mapa de todo lo que has escrito hasta ahora. Cuanto más asciendas verás los ríos. Ríos que se unen locamente formando varios cauces y llegan hasta el final del párrafo, al estuario, al mar de la infinita ensoñación, al inmenso océano de lo que queda por escribir”. 


EVA: Profundizas en la palabra, cual amante. ¿Cómo es tu proceso amatorio?

EM: Mis textos nacen de un mecanismo creativo que me mantiene ocupado durante todo el día. Mi río (pasión) es uno que fluye hacia el mar. A veces me aferro a una rama frágil, pero me suelto porque la vida es una aventura que no se vive más que en este planeta, a no ser que exista un Universo aún mayor.


EVA: Tu día a día, las horas llenas de vacío pero también de amabilidad, ¿te consumen irremediable o ellas consuman en ti el acto creativo?

EM: Creo que consuman en mí el acto creativo de estar vivo. Ocupo mis horas pintando, escribiendo y viviendo un poco la calle, el arrabal y el malevaje.


EVA: ¿Cómo es la mirada del artista sobre el hombre? ¿Qué expresión tiene en su rostro que borrarías?  

EM: La mirada del artista sobre el hombre es multifacética, íntima, personal. Borraría el miedo y el dolor de cualquiera. Yo he pasado por una larga sucesión de transformaciones de las que he salido renovado y ahora me puedo considerar un hombre afortunado, porque sé que hay gente que me quiere tal y como soy.





Mírame como soy, frágil humanidad desde la fortaleza misma. (Rosa MaJiCor)
En el estudio del Artista, Enrique Mochales. Fotografía Alex Etxebarria.





EVA: Cómo eres, quién eres en ti. Ahora. Antes… quién hubo habitándote. 

EM: Soy inmediato, impaciente, mentiroso, manipulador y todo lo aborrecible que se pueda dar en un ser humano, pero soy leal a mis amigos.

En el colegio se me llamaba Mochales despectivamente, porque "mochales", significa estar loco, estar de la mocha, como una cabra mochales, así que me siento totalmente identificado con este apellido tan peculiar. Creo que, al fin y al cabo, ahora me habita una cabra mochales.

Me habitó un ángel, después un demonio súcubo y más tarde, un dragón. Ahora soy una especie de cyborg...


EVA: Cuando dices: “el hombre que no sabe mentir, no tiene piedad”. ¿Tu vida es una mentira en la cual te refugias con piedad?

EM: Me refiero que a un niño no hay que decirle que son bombas lo que suenan, sino fuegos artificiales. Todas las vidas son mentira. No sabemos si cada mañana nos levantaremos o si habremos muerto el día anterior. "La vida es sueño", que decía Calderón de la Barca.


EVA: “Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza”. ¿Cuál es tu mayor fortuna y cuál tu menor miseria?

EM: Mi mayor fortuna mis amigos, mi menor miseria estar vivo.


EVA: ¿Estar vivo no es lo mismo a vivir sin estar? Cuál la diferencia…

EM: Estar vivo es estar, eso sí, sin estar estando todo el tiempo en estado de hombre sentado. Ser o no estar, esa es la cuestión, si Shakespeare me lo permite. Por ejemplo, Dios no está, Dios es. De la misma forma nosotros no estamos, somos.





En el estudio del Artista, Enrique Mochales. Fotografía Alex Etxebarria. 





EVA: Somos producto de nuestra imaginación, de lo que creemos ser. Estamos atados al tiempo y la inconsistencia de sus limitaciones. Aquí y ahora, qué te aflige…

EM: Me aflige que el mundo no sea realmente un mundo democrático, unido y preparado para el futuro que se nos avecina. Yo me considero de Bilbao, pero también ciudadano del mundo donde no hay fronteras, donde el hombre puede ser realmente libre.

Tengo apellidos vascos, hispanos, sefardíes, ascendencia griega. Mi familia por parte materna tuvo que huir de la Francia ocupada para salvar su vida. Mi nombre completo es Enrique Jacques Mochales Mijan Iza Redondo Perez-Landa Cohen Rementería Fradua; etc.

Evidentemente, nadie somos pura sangre y yo pienso como un amigo mío, que en el mestizaje está la solución.


EVA: ¿Una nueva conquista? La solución a qué, ¿a tener menos miedo a enfrentarnos como seres individuados ante la presencia del ser? No podemos distorsionar la identidad a capricho, a menos no haya sido alimentada adecuadamente. No le busques tres pies a la silla

EM: La realidad está distorsionada por la historia, por la conciencia del ser humano, es un espejo multifractal, no existe la realidad.


EVA: El camino hacia el lienzo, cuál el proceso; desde que gestas la idea hasta que la obra es expuesta y más tarde, el público cautivo que la adquiere.

EM: Un cuadro en blanco se transforma y re-transforma continuamente, hasta llegar a un resultado final que es mejor no conocer, pues se desvanecería; en mi caso, la ilusión. La obra la ve la gente en mi facebook o medios similares, después sólo hace falta trabar una amistad y una complicidad con el galerista. Tras ello, sólo queda poner los precios, que en mi caso, son económicos pues no considero que al arte sea un lujo.

La obra se adquiere, no sólo se observa. Sí existe un público cautivo, aunque hace falta que alguien se enamore de un cuadro. Por otra parte, no falta el cliente que colecciona mi obra y se la lleva por un buen precio.  


EVA: El diálogo con los galeristas, tu relación con ellos...


EM: EL diálogo es caótico pero todos los caminos llevan a alguna parte; lo importante es trabajar en serio. Detrás de mí hay gente que me aprecia de verdad. Me consideran buen escritor y buen artista plástico. La cuestión estriba en tener algo bueno que mostrar y elegir o pedir un lugar apropiado para la exposición.





Diálogo intimista del ser. (Rosa MaJiCor) 
En el estudio del Artista, Enrique Mochales. Fotografía Alex Etxebarria.





En la intimidad de su tiempo-espacio, el sujeto es objeto de la mirada intrusa que camina coja e insegura buscando un buen ángulo, encontrando refugio a espaldas del sujeto y abriendo aún más sus ojos por si la atrapan. Pero es ciega y tantea incierta, torciendo su andar y alejándola todavía más de su objetivo, el sujeto inmerso en sus pensamientos.
Y lo mira apenas viéndolo. Y lo palpa apenas sintiéndolo. Y yo grito por dentro: –acércate sin miedo. Pero la mirada no me escucha. Estoy muy lejos. Como él, que parece cansado de esperar el milagro lo ponga a salvo. Hasta su voz habla con timbre apagado, aunque si la escuchas con atención, es tan vibrante y colorida como cada una de sus pinturas que ociosas observan desde lo alto.  
Todos estamos atentos al instante mismo de la acción: el acto de ver desde dentro, aunque pretender encontrar al sujeto sea objeto de allanamiento. Las pinturas lucen alegres, risueñas, como abigarrando el instante para no enloquecer de miedo, el temor a no saber qué las deparará el futuro.
Entre mayor es la incertidumbre, las manecillas del reloj apuntan ansiosas hacia la salida, pero la mirada parece menos tímida y decidida intenta abarcar la totalidad del reducido espacio girando en redondo, buscando encontrar la historia de una vida en tan sólo segundos y retratar al hombre, al ser humano sentado ante el vacío mirándose desde dentro; sus horas, sus vidas pasadas y futuras, el presente de un llanto sostenido en vilo por la fortaleza de sus miedos.
Los objetos permanecen quietos, inmóviles… hasta el reloj contiene la respiración, mientras la mirada penetra la intimidad de aquel hombre cuya fragilidad es su fortaleza. Pasadas las horas, la mirada se voltea, me mira penetrante, me pregunta la razón de cada pregunta. La miro de frente, la respondo: –porque él es el Arte, mi fe en él.  (Gracias, Enrique).


Rosa Matilde Jiménez Cortés
Córdoba, octubre de 2015.

Enrique Mochales




 ENRIQUE MOCHALES MIJAN, Bilbao 1964.
"Autorretrato"




“¿Cómo te llamas?”. Un golpe cayó sobre su cara con la contundencia de un martillo. Otro golpe le hizo saltar tres dientes. “¿No lo sabes? ¿No recuerdas cómo te llamas?”. Hizo girar la silla del hombre que, amarrado a ella, vio la habitación en seis dimensiones. r última vez, ¿cómo te llamas?” El batacazo de la silla sobre el suelo fue formidable. El detenido se dejó caer, recogió el golpe como quien se desploma en una piscina sanguinolenta. “¡Elevemos sueños!, decíais”, exclamó el torturador. “Bueno, pues yo voy a convertir los tuyos en pesadillas”, añadió, con una sonrisa de diente de oro. “¿Cómo te llamas?”. “Me llamo Ignacio”. Una bota le pisó la cabeza contra el suelo. “Pues me llamo Alberto”. Otro pisotón le hundió contra el cemento. “Te lo he preguntado ya cien mil veces. Tienes cien mil golpes, cuatro huesos rotos, te falta cabello que jamás te volverá a crecer. ¿Insistes en no decirme cómo te llamas? Pues yo me llamo Eugenio Tronco, ¡Eugenio Tronco!, no te olvidarás jamás de éste maldito nombre mío. Ahora dime, ¿cuál es el tuyo?”. La silla fue arrastrada hasta el otro extremo de la checa inclinada, y se deslizó de nuevo hasta el fondo, estampándose en la pared. 








Es duro tener que decir esto. Pero mi madre también necesitaría un psicólogo, lo mismo que me han obligado a necesitarlo a mí durante todos estos años. Y es que no solamente hay hijos enfermos, sino familias enteras a las que no les vendría nada mal pasar una temporada en un hospital psiquiátrico. En algunas de estas familias enfermas, el neurótico obsesivo dominante de grandes facultades intelectuales suele ser el rey de la casa, independiente y perfeccionista. La reina, muy preparada profesionalmente, compite con el rey, por el trabajo e incluso por los hijos. Suele producirse una infidelidad. Normalmente, acaban divorciándose y el resultado es una familia desestructurada. Padre, madre, hijos e hijas -al corro de las patatas- configuran una estructura especial, de carácter íntimo: el manicomio. No, yo nunca vi besarse a mi padre y a mi madre. Y había palabras en la mesa que eran sustituidas por apabullantes silencios. Y había tortugas, ratas blancas, hamsters, pájaros, perros y gatos. Eran los primeros a los que saludábamos al entrar en casa. Y habían dulces tardes de juventud, en verano, durante los cuales disfrutábamos de la libertad de tener a nuestros progenitores más o menos lejos, mientras nosotros cuidábamos de nosotros mismos. Algo que hubieran tenido a bien enseñarnos mejor, si hubieran hablando como adultos con nosotros, si nos hubieran revelado la palabra secreta que nunca se decía a la hora de comer, si se hubieran vuelto transparentes como el agua durante la crisis final, en lugar de adquirir la consistencia de un muro inexpugnable de silencio y buenas formas. No, yo nunca vi besarse a mi padre y a mi madre.









A mi madre le despierta el silencio

¿Qué angustia tiene mi madre?
A mi madre le despierta la oscuridad
¿Qué miedo tiene mi madre?
A mi madre le despierta la noche
A mi madre le despierta el alba
La música, el camión,
Los pasos por el pasillo,
El catre y el condón.
¿Por qué es así mi madre?
¿Ha envejecido, no tiene padre?
¿Ni un maldito perro que le ladre?









No hay arte que no haya nacido en los yacimientos arqueológicos del hombre que se dedicó a expresarse en abstracto o figurativo. Aun así, la pintura sigue siendo un misterio. Entra por la vista, y no es posible permanecer indiferente ante ella. Para pintar sólo hace falta, a) perder el miedo al lienzo en blanco, b) perder el miedo al qué dirán y c) sobre todo, perderse el miedo que le da a uno ver su propia imagen en el espejo. Algo que no ocurre todos los días. Yo me miro el espejo y a veces no recuerdo quién soy. Otras veces ni lo miro, y me recuerdo mejor. Esto sucede a menudo con la pintura o la fotografía o el cine, entras en el túnel del tiempo y recuerdas exactamente dónde, cómo y cuándo plasmaste tu lienzo de tela de algodón o te liaste con fotogramas. Es parecido a una huella dactilar en la materia gris.









El pasillo de mi casa es oscuro y tenebroso. Ella puede esconderse en cualquier jirón de sombra, como ya lo ha hecho muchas veces. Confieso que me da canguelo levantarme y atravesarlo para servirme un vaso de agua en la cocina. Sus ojos pueden estar ahora escudriñándome, iluminados como un par de brasas encendidas, sin que yo pueda verlos. Ella es así, misteriosa, oculta, incomprensible. A veces creo que está a mis espaldas, vigilándome, pero cuando me armo de valor y vuelvo la cabeza, no encuentro nada. No obstante, sospecho que mientras escribo estas líneas ella sabe perfectamente que la pienso. Precisamente en estos momentos noto que algo se enrosca a mi pierna. Supongo que disfruta impidiéndome trabajar, o acaso se considera una musa con perfecto derecho a acariciar mi pierna. Yo soy consciente de lo que se me exige. Tomo un lápiz del cubilete, y comienzo a dibujar círculos en su pelo. Se arremolina en espiral, formando diseños extraterrestres. Para ella, señales del cielo. El motor que lleva su corazón se pone en marcha, emitiendo un sonido parecido al del rotor estropeado de una avioneta, hasta que por fin vuela, gruñendo suavemente en la atmósfera de la habitación. Una vuelta y después otra, y otra más, el lápiz va dejando surcos, como el misterioso dedo de un dios desconocido en un campo de amapolas salvajes. Si me levantase ahora a por el vaso de agua, tropezaría con ella. Después de todo, me reconvengo a mí mismo por tener miedo de estar a su merced. Ahora que se va por el pasillo, satisfecha, después de haber recaudado su impuesto de caricias, aprovecho para escribir estas últimas líneas. Se marcha, o finge que se marcha para poder emboscarse al otro lado, junto a la puerta de la cocina, y ahí sí, sí, atrapará mi cuerpo, como si yo fuera una desprevenida alimaña a la que hay que despedazar. Tendré que defenderme y correré tras ella: una enloquecida carrera en la cual nadie está seguro de ser perseguidor o perseguido, cazador o presa. (El Cazador de Caricias por Enrique Mochales). 









Según cuentan las increíbles crónicas de mi abuelo, el conde de Windows conoció a la modista bilbaína Coco Chachel durante un concurso de papiroflexia en un crucero por el mar de Mármara, famoso por ser el mar más redundante del mundo. La especialidad del conde de Windows, magnate de las ventanas prefabricadas de PVC, eran las figuras de papel de camaleones, dromedarios, koalas, calamares y cebús, aunque las primeras figuritas con que obsequió a la bella Cocó eran una familia de hipopótamos –padre, madre e hijos- elaborados en papel charol. Durante el crucero, conde y modista se convirtieron en amantes y vivieron un intenso romance que desembocó en el Delta del río Nilo. Cada mañana, el conde elaboraba una figurita de papel que colocaba en la bandeja del desayuno de la Cocó Chachel. A los animales reales les siguieron los mitológicos: unicornios, quimeras, grifos y grandes dragones alados que aparecían, tal que frágiles y diminutas bestias subidas a una peña, encima del cruasán que la señorita Cocó tomaba invariablemente para desayunar. Las figuritas de papel resultaban cada vez más sorprendentes, llegando a formar auténticos conjuntos ornamentales, islas enteras con sus cacatúas, sus monos y sus colibríes, hasta el punto de que a veces había que servir el desayuno a la modista en otra bandeja suplementaria. Días antes de que el crucero tocara a su fin, en una longitud y latitud no determinada por las crónicas rosas de su tiempo, el conde de Windows reveló a su amante que viajaba por el mundo en persecución del verano, ya que las otras estaciones le sumían en un agujero negro de tristeza y desesperación a causa de una enfermedad del ánimo. Coincidiendo con la aparición de unos delfines negros en el horizonte, el conde le suplicó que lo abandonase todo y le siguiese en aquel viaje. Cocó no supo qué responder. Ella era una mujer moderna, de Portugalete, con un próspero negocio de moda que daba trabajo a un buen número de modistillas, quería seguir soltera y no estaba dispuesta a dejarlo todo, aunque la fortuna del conde de Windows era más que suficiente para vivir desahogadamente dando cuantas vueltas quisieran alrededor del mundo. Cuando se despidieron bajo el confeti, tocados con unos ridículos gorros de cartón que pretendían ser festivos, la Nel aseguró al conde que le escribiría. “Yo estaré siempre en el verano”, replicó éste, “aunque no te puedo asegurar que responda a tus cartas”. Nunca fue tan cierta la advertencia del conde, que, por despecho, descubrió una nueva modalidad de papiroflexia, la “papiroflexia abstracta”, para cuya práctica había sustituido el papel clásico por las cartas de la Chachel, con las cuales fabricaba pelotillas que encestaba en la papelera. Habrían de pasar treinta años hasta que el conde volviera a la figuración, y Cocó recibiera en su casa, por correo urgente, un precioso lirio de papel confeccionado con una carta oficial que le informaba de su defunción. (Papiroflexia Abstracta o La Persecución del Verano por Enrique Mochales).










Maestra docente de inyecciones en plena sabiduría concebida, sin pecado amamantada por la fuente de la uva. Supuse, más allá del tiempo y el espacio que sería necesario luchar contra los elementos que poblaban como venas palpitantes mis ojos indecisos y a programar mi caja de razón aprendí para ser un robot inquieto. Me levanté de mis cuatro patas y comencé a adquirir movimiento, en equilibrio con el horizonte que durante tanto tiempo me había sido negado. Fui máquina, animal y después hombre. Fui naturaleza, piedra y tierra. Fui piedra, selva y jaguar y bosque verde. Fui fuego, amor y lágrima de ámbar, en su interior escondido mi pasado. En tu pecho atrapado mi deseo. (Lágrimas de ámbar por Enrique Mochales).











Conocí una edad de oro en que los hombres vivían junto a los animales en paz. Conocí una edad dorada en la que las bestias marinas pululaban por las olas sin devorarse. Conocí una época en la que mis amigos me ayudaban, y eran gaviotas. Conocí a seres de oro venidos de otros mundos. Conocí aborígenes, que colonizaban continentes, islas, selvas, bosques y playas. ¿Qué provocó el milagro? Tal vez un rayo en el culo de un chimpancé. Tal vez una bestia que decidió salir del mar a caminar. Tal vez un mamífero oculto en un agujerito minúsculo. Yo qué sé. La grandeza de la vida me hace sospechar que quizás Dios no exista, pero Dios es. Más allá de cientos de millones de Universos. Quizás seamos minúsculas bacterias en el cuerpo de un gigante astral. Un gigantesco ente que damos por llamar “Dios”. Las estrellas tienden a dispersarse, y su existencia asociada se limita a unos miles de millones de años. Galileo dio la patada en el suelo. Y la tierra tembló de emoción. Por fin, el cielo ocupó su lugar. Me refiero al cielo infinito y eterno donde puede haber una inmensidad de formas de vida. Las estrellas muertas siguen brillando. Lo mismo pasa con los hombres. Comprendiendo todo esto, la muerte es una tontería. (Elegía por Enrique Mochales).



































Enrique Mochales es columnista de opinión, escritor y pintor. Trabajó durante ocho años en el diario El País, y ahora colabora en www.hechosdehoy.com, con sus articuentos llenos de astucia llevando a sus lectores a desafíos personales marcados por la sorpresa (ver Cómo sujetar un cocodrilo en Hechos de Hoy.




Enrique Mochales también firma sus cuadros como Motz. (Foto:Diana Terceño)





Mochales también colabora con el periódico municipal Bilbao, entre otras muy diversas publicaciones y antologías de nuevos poetas. Tiene siete libros publicados y realiza exposiciones de pintura, colectivas e individuales cuando se lo pide el cuerpo. Del 16 de octubre al 16 de noviembre se podrán admirar, y adquirir, sus obras en Bilbao, en la exposición en el Bar Restaurante Sarean, Plaza Corazón de María 4, Barrio de San Francisco.









Mochales ha sido galardonado con varios premios literarios, algo que aún no ha intentado en el terreno de la pintura, quizás porque quiere separar ambas disciplinas artísticas. Estudió BBAA en la UPV/EHU, y cree que hasta un pastelero puede hacer obras de arte aunque no sean huevos de Fabergé.
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Homenaje a Keith Haring.




Según sus propias palabras: “Para escribir o pintar son inevitables tres circunstancias: A) Perder el miedo el folio o al lienzo en blanco, B) Perder el miedo a estar haciéndolo mal, y C) Perder el medio al qué dirán, y -lo más importante- perder el miedo a lo que pueda surgir de uno mismo a la hora de expresarse”.











Mi sistema -o antisistema- plástico consiste en una mezcolanza de influencias que hace pensar en el expresionismo transvanguardista, algo reiterativo considerando que la Transvanguardia es expresionista por definición.










No tengo un estilo concreto, participio de varios, pero siempre con ciertas características comunes que, espero, hagan de mi obra algo muy personal. Utilizo toda clase de materiales y pintura, desde el acrílico hasta el óleo, pasando por el carboncillo, el spray y el Tippex.









Cuando un cuadro está terminado, considero que es el momento de destrozarlo y volver sobre él, hasta que el cuadro, como bien decía Barceló, sea más inteligente que tú", es su filosofía personal como pintor.








BIBLIOGRAFÍA:

Libros publicados: “Mermelada amarga” (Ed, Margen cultural, 1993), “Me das miedo cuando bailas” (Ed. Huerga y Fierro, 2000), “Azufre” (Ed. Laia, colección Esencias, 2001), “La improbable vida de Bernard Lafourcade, textos de Enrique Mochales para ilustraciones de Oriol Malet (2008). “La fragilidad de la porcelana” (Ed. Alberdania, 2010). “Esclavo de la luz” (Ed. Punto Rojo 2013).

PREMIOS/CONCURSOS/ACTIVIDADES:
·         Premio "Ciudad de Tudela", Premio "Ayuntamiento de Muskiz" (Juan Manuel de Prada quedó segundo) Premio "Gabriel Aresti" 1993.
·         Ha instalado varias exposiciones de pintura, la última en SAREAN (Pza. corazón de María, 4. Barrio de San Francisco).
·         Colaboró ocho años en "El País" (País Vasco) en la tribuna de los jueves. Ahora colabora en el periódico digital "Hechos de hoy".
·         Es autor del blog "Cómo sujetar un cocodrilo".
·         Colabora en el PERIÓDICO MUNICIPAL BILBAO.
·         Se dedica a la pintura, fotografía, poesía visual, poemas, arti-cuentos, artimañas, y etces creacionistas.

OTRAS CURIOSIDADES:
Doctor en ganchillo por la universidad de Cangas de Onís, experto en globoflexología y puzzlólogo, medalla olímpica de comba, curso CEAC de neurocirugía, primer premio de recortables “Respenda de la Peña”, cocinero constructivista, atracador y granjero sin olvidar mi experiencia como sexador de pollos, traductor de lituano comercial, psicoanalista de plantas de huerta, cronista de espectáculos de mimo, récord mundial de juego de rana, bailarín de claqué y entrenador de caracoles.

ENLACES:
Artículos publicados en El País http://elpais.com/autor/enrique_mochales/a/



CONTACTO:
Enrique Mochales
Teléfono: 94 442 45 08–637392386  



EntreVistArtista (EVA) ha sido estructurado para que "Entre Tú y Yo" vayamos al encuentro del Otro, siendo arte y parte como interlocutor.

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